Para mi trabajo final de la clase de discurso, he decidido hacer un análisis de tres libros de Haruki Murakami: "Al sur de la frontera, al oeste del sol", "Tokio blues" y "Sputnik, mi amor". No pienso entrar mucho en los detalles de lo que voy a hacer por que de entrada ni ustedes -suponiendo que alguien lee esto, no sé- me van a entender ni yo me voy a saber explicar. Por eso sólo les cuento que para este fin, tengo que releer los libros, y he comenzado por el "Sputnik, mi amor". A partir de aquí, comienzo esta entrada del blog.
Releer un libro es un placer, pero por primera vez en mi vida, no encontré esa bonita sensación de recorrer con la mirada y la mente las palabras ya conocidas. Al contrario, cuando llevaba la mitad del "Sputnik, mi amor" - por cierto, DETESTO el título del libro-, comencé a encontrar un cierto dejo de frustración y de cansancio dentro de mí, así que decidí dejarlo para otro momento donde me sintiera mejor. De más está decirles que no retomé el libro. Me preocupé
Ahora, antes de continuar debo aclarar que este es un escrito muy personal, por tanto, es posible que haya párrafos ininteligibles para el lector, por que mas que escribir esto para que alguien lo lea, lo escribo para poder leerme yo (¿Incongruente? No, no lo creo). Todavía están a buen momento de detenerse, es más, háganlo: vayan a leer a Kafka, a ver la televisión, a mentarle la madre a un gato, qué se yo. Deténganse aquí.Ahora que, si quieren reírse, pueden continuar. Les va a gustar ver cómo dialogo conmigo misma.
Decía, pues, que no terminé de leer el Sputnik, pero sí me acuerdo de haber llegado a la parte donde Sumire le lee a Myu la historia de los gatos que se han comido a su dueña. Va más o menos de esto: una mujer de la tercera edad fallece en su casa un día de tantos. No tiene familia y vive sólo con un enorme grupo de gatos que ayudan a que sobrelleve su soledad, pero al morir ella, los gatos quedan desamparados. Entonces, como nadie acude al apartamento de la mujer para cerciorarse de que ella esté bien hasta mucho tiempo después de su fallecimiento, los gatos, muertos de hambre, se comen a su dueña. Trozo por trozo. Mordida a mordida.
Estoy completamente segura de que a mi "ya me devoró un grupo de gatos". No me comieron el cuerpo, pero se están terminando mi alma. El problema es que no estoy muerta, pero a ellos no les importa, siguen comiendo. No los culpo a los pobres: comprendo que los he descuidado, pero tampoco tienen ningún derecho a comerse lo que no deben comerse. Yo todavía necesito un poco para sobrevivir.
Bingo, un punto, pausa. ¿Para qué carajos quiero sobrevivir?
Vale, me detengo a pensar. Dejo que los gatos continúen comiendo, y pienso. ¿Si vale la pena? Yo no sé. Estoy viviendo una vida que desde el principio no era mía, porque a pesar de que ya pasaron unos once años todavía tengo la impresión de que él-ella se merecía por lo menos nacer y ver el mundo que no pudimos compartir jutos-juntas. Encima, estoy viviendo mal. Por una parte me alegra saber que le quite de encima la carga de soportar a dos personas que ya no se toleran entre sí, aunque creo que si hubiera el-ella estado aquí, podriamos haber soportado el pequeño infierno casero mucho mejor de lo que lo hago yo sola. Por eso seria bueno que nos conociéramos, pero en su territorio, ya que en el mío no se pudo. Un punto a favor a dejar que me coman los gatos.
No sé a dónde estoy llevando mi vida. Ya llegué al grado de hartazgo crónico donde no sé qué quiero, qué espero, qué es esto, qué me conviene. He dado lo que tenía para dar, incluso lo que no, pero ni así he llegado a nada. ¿A que tengo mala suerte? No entiendo por qué. A lo mejor cuando nací, se rompió un espejo, pasaron conmigo bajo una escalera, o alguna de esas chorradas. Pero siempre soy yo quien sale perdiendo. Otro punto a favor de la causa pro-gatos.
No puedo vivir de libros. Me costo aceptarlo, pero es cierto. Ya no me reconfortan las letras, creo que les he exprimido el jugo y las dejé secas. Bueno, pensándolo mejor, no es que no me llenen, es que "ya no sé cómo hacer para que me llenen". Anda, espera, eso me gusta mucho. Perdí la facultad de lograr que las letras me satisfagan. Y sin eso, ¿yo qué carajos hago? A ver, ¿qué? Pues nada. Cometi el gran error de hacer de mi vida una mala historia y ya es muy tarde para arreglarla por que no sé cómo. Era mi único talento, lo que me mantenía todavía de pie, y se me fue, asi como se van las nubes tras la lluvia de abril. De repente....puf. Lo que te decía antes, querido mío: no valemos más de lo que crees.
¿Pros? ¿En serio quedan? Uno, tal vez. Uno solo que no quiero que vea lo que pasa, así que le pido se cubra los ojos. Si de por sí a mi me va a doler la caída, yo creo que le dolerá más presenciarla. Uf, si duele. Vaya que duele.
Bueno, y ahora, los gatos siguen comiendo. Podría espantarlos, pero no quiero. No me apetece para nada. Me da pereza. Me faltan motivos. Me falta todo caray. No quiero algo que no voy a volver a usar, así que si los gatos quieren atiborrarse de mí, que lo hagan. Total. Que se lleven a mordiscos lo que quedaba de un recipiente donde una vez hubo "algo".
Yo creo que ya me puedo volver un miembro honorario de la Guardia de la Noche: no me queda mas nada qué perder.
En la siguiente entrada del blog: "How to be a good godfather"
¿Qué, no puede gustarme "El Padrino"?
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